El escritor no
nació el mismo día que Rubén Martínez Silva.
No comparten el día
del cumpleaños y tampoco tienen la misma edad.
Hasta podría decir
que no comparten los mismos gustos.
Al escritor le
gusta viajar y deambular por mundos llenos de absurdos, de lógicas que no son
las mismas que las nuestras y a los que estrenan sus escritos, caen en una
lectura tranquila, serena, que, en realidad es una trampa ante sucesos
repentinos en la historia que nos está contando, dejándonos en desconcierto y
un interés ya obligado casi por el morbo de saber qué sucederá después. Este
escritor es tramposo con los finales porque después de amablemente integrarnos
en la vida del personaje, nos hace desearle un final feliz tal como si lo quisiéramos
para nosotros. Pero no. Nos hace la jugarreta y el personaje sufre un final muy
diferente al deseado o al que intuíamos. Muy diferente.
En cambio, Rubén
Martínez Silva es más sencillo: disfruta de la música, una buena comida y una buena
charla de elementos y cosas lógicas. Comprobé que querer hablar con él de la
fantasía alojada en su cabeza, lo hace desconfiar, no se siente cómodo y tarda
en responder y comienza a esquivar, porque hasta le cuesta hilar alguna idea
que no lo delate o que lo ponga en desventaja… me gustaría saber si piensa que
le podré robar alguna de sus ideas o de plano son asuntos tan íntimos de su
cabeza que sólo se puede llegar a ellos por medio del papel escrito.
Déjenme explicar
desde el principio: un amigo me invitó a conocer una librería ubicada en uno de
los lugares que menos pensaba yo adecuado para una librería. Menos una librería
de viejo o de libros usados.
La librería de
Rubén Martínez Silva. Un indicio extraño de la librería eran los precios bajos.
Y aún así, el amigo que me invitó regateaba o exigía un pilón. La verdad es que
quienes hemos tenido un negocio sabemos que es muy incómodo que nos quieran
bajar los precios de nuestra mercancía o servicios. Y eso me hacía sentir muy
incómodo. Así que comencé a visitar la librería solo. Eso daba pie a charlas y
entre esas charlas, Rubén delató lo que yo llamo ansias de escritor… pero en
él, ya no eran ansias por escribir, más bien por publicar. Me refirió que desde
hace muchos años, pero muchos años, desde que Rubén Martínez iniciaba su
juventud, nació en él un escritor que trabajó en ratos y dejó un cúmulo de
cuentos, poemas y pensamientos que quedaron resguardados en un cuaderno. Y ese
escritor tuvo que ser encarcelado ya que la vida real obligaba a Rubén Martínez
a cumplir con la vida del casado y del papá,
Y por
circunstancias muy interesantes que no me ha sido autorizado contar, Rubén
abrió una librería y ya estaba a punto de cerrar ese ciclo, quedaban unas
cuantas semanas antes de cerrar el negocio.
Entonces, salieron
dos objetivos: liberar al escritor y darle la oportunidad de hacerlo vivir
publicando un libro de cuentos y otro de pensamientos.
De hecho ya
esperaba el momento, puesto que ya hasta su hija había diseñado las portadas de
los libros.
Ofrecí mi ayuda
obligado por el entusiasmo que representaba ayudar al parto de dos libros. Eso
implica como siempre dos problemas técnicos: realizar un tiraje de mil ejemplares
representa un gasto similar a quinientos, baja el costo un poco por el factor
del papel, pero no significativamente. Y segundo, si optamos por mil
ejemplares, son demasiadas piezas para desplazar (y lo sabemos). Pero Rubén decidió
ir por los mil ejemplares como primer tiraje. Incluso llevé a Mario Cruz a la
librería con dos objetivos: uno, que aprovechara lo que se ofrecía en la
librería y convencer al escritor en su capricho de mil, que lo pensara mejor y
que fueran quinientos. Aquí fui testigo de una batalla ganada por el escritor:
argumentaba que la cantidad de amigos que tiene superaban ese número y hasta le
iban a faltar.
Ante tal argumento,
imposible refutar.
Pero ahora el
problema eran los tiempos: la librería iba a cerrar y Rubén tenía el deseo de
regalar ejemplares a sus clientes de más confianza (debo confesar que el amigo
que me llevó a la librería no fue de los favorecidos).
Una semana para
revisar los textos. Una imprenta recomendada por Mario Cruz (de quienes debo
poner algún anuncio), como la adecuada para esa labor titánica de tener dos
libros impresos y listos para repartir en la última semana de la librería.
Cumplí mi tiempo y
la imprenta cumplió más que a tiempo.
(Con un error mío
que el escritor no me ha perdonado)
Fuimos a recoger
los libros (más de dos mil libros por eso de los sobrantes) y fue una de las
más gratas compañías que he tenido en mucho tiempo.
Algo más surgió de
esa noche. Esa es otra historia.
Y por razones de
traslado y curiosas, como a las nueve de la noche, visitamos a Mario Cruz para
entregarle un libro y fue el primer humano en recibir de regalo los libros de
Rubén. Algo que me parecía un gran inicio.
En su casa
descargamos los libros y tuve la oportunidad de ver claramente las dos facetas
del hombre: el escritor estaba discreto, feliz, pero discreto, Rubén mostraba
indiferencia y aparentaba no tener ningún motivo de felicidad. Pero el hombre y
el escritor por fin ya estaban en un lugar que habían anhelado desde hace mucho
tiempo: un libro impreso.
(Aunque en este
caso eran dos).
Y para mí, es motivo
de mucho orgullo haber estado en ese momento y en el lugar que da pie a docenas
de historias que ahora giran en torno de los libros Cuentos Quiméricos y Vita
Espíritu de Rubén Martínez Silva, amparados por Editorial Arcángel.
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