miércoles, 8 de mayo de 2013

Historia de un Escritor

   El escritor no nació el mismo día que Rubén Martínez Silva.
  No comparten el día del cumpleaños y tampoco tienen la misma edad.
  Hasta podría decir que no comparten los mismos gustos.

  Al escritor le gusta viajar y deambular por mundos llenos de absurdos, de lógicas que no son las mismas que las nuestras y a los que estrenan sus escritos, caen en una lectura tranquila, serena, que, en realidad es una trampa ante sucesos repentinos en la historia que nos está contando, dejándonos en desconcierto y un interés ya obligado casi por el morbo de saber qué sucederá después. Este escritor es tramposo con los finales porque después de amablemente integrarnos en la vida del personaje, nos hace desearle un final feliz tal como si lo quisiéramos para nosotros. Pero no. Nos hace la jugarreta y el personaje sufre un final muy diferente al deseado o al que intuíamos. Muy diferente.
  
En cambio, Rubén Martínez Silva es más sencillo: disfruta de la música, una buena comida y una buena charla de elementos y cosas lógicas. Comprobé que querer hablar con él de la fantasía alojada en su cabeza, lo hace desconfiar, no se siente cómodo y tarda en responder y comienza a esquivar, porque hasta le cuesta hilar alguna idea que no lo delate o que lo ponga en desventaja… me gustaría saber si piensa que le podré robar alguna de sus ideas o de plano son asuntos tan íntimos de su cabeza que sólo se puede llegar a ellos por medio del papel escrito.

  Déjenme explicar desde el principio: un amigo me invitó a conocer una librería ubicada en uno de los lugares que menos pensaba yo adecuado para una librería. Menos una librería de viejo o de libros usados.

  La librería de Rubén Martínez Silva. Un indicio extraño de la librería eran los precios bajos. Y aún así, el amigo que me invitó regateaba o exigía un pilón. La verdad es que quienes hemos tenido un negocio sabemos que es muy incómodo que nos quieran bajar los precios de nuestra mercancía o servicios. Y eso me hacía sentir muy incómodo. Así que comencé a visitar la librería solo. Eso daba pie a charlas y entre esas charlas, Rubén delató lo que yo llamo ansias de escritor… pero en él, ya no eran ansias por escribir, más bien por publicar. Me refirió que desde hace muchos años, pero muchos años, desde que Rubén Martínez iniciaba su juventud, nació en él un escritor que trabajó en ratos y dejó un cúmulo de cuentos, poemas y pensamientos que quedaron resguardados en un cuaderno. Y ese escritor tuvo que ser encarcelado ya que la vida real obligaba a Rubén Martínez a cumplir con la vida del casado y del papá,
  
  Y por circunstancias muy interesantes que no me ha sido autorizado contar, Rubén abrió una librería y ya estaba a punto de cerrar ese ciclo, quedaban unas cuantas semanas antes de cerrar el negocio.
Entonces, salieron dos objetivos: liberar al escritor y darle la oportunidad de hacerlo vivir publicando un libro de cuentos y otro de pensamientos.

  De hecho ya esperaba el momento, puesto que ya hasta su hija había diseñado las portadas de los libros.

  Ofrecí mi ayuda obligado por el entusiasmo que representaba ayudar al parto de dos libros. Eso implica como siempre dos problemas técnicos: realizar un tiraje de mil ejemplares representa un gasto similar a quinientos, baja el costo un poco por el factor del papel, pero no significativamente. Y segundo, si optamos por mil ejemplares, son demasiadas piezas para desplazar (y lo sabemos). Pero Rubén decidió ir por los mil ejemplares como primer tiraje. Incluso llevé a Mario Cruz a la librería con dos objetivos: uno, que aprovechara lo que se ofrecía en la librería y convencer al escritor en su capricho de mil, que lo pensara mejor y que fueran quinientos. Aquí fui testigo de una batalla ganada por el escritor: argumentaba que la cantidad de amigos que tiene superaban ese número y hasta le iban a faltar.

  Ante tal argumento, imposible refutar.
  
  Pero ahora el problema eran los tiempos: la librería iba a cerrar y Rubén tenía el deseo de regalar ejemplares a sus clientes de más confianza (debo confesar que el amigo que me llevó a la librería no fue de los favorecidos).
Una semana para revisar los textos. Una imprenta recomendada por Mario Cruz (de quienes debo poner algún anuncio), como la adecuada para esa labor titánica de tener dos libros impresos y listos para repartir en la última semana de la librería.
  
  Cumplí mi tiempo y la imprenta cumplió más que a tiempo.
  (Con un error mío que el escritor no me ha perdonado)

  Fuimos a recoger los libros (más de dos mil libros por eso de los sobrantes) y fue una de las más gratas compañías que he tenido en mucho tiempo.

  Algo más surgió de esa noche. Esa es otra historia.

  Y por razones de traslado y curiosas, como a las nueve de la noche, visitamos a Mario Cruz para entregarle un libro y fue el primer humano en recibir de regalo los libros de Rubén. Algo que me parecía un gran inicio.
En su casa descargamos los libros y tuve la oportunidad de ver claramente las dos facetas del hombre: el escritor estaba discreto, feliz, pero discreto, Rubén mostraba indiferencia y aparentaba no tener ningún motivo de felicidad. Pero el hombre y el escritor por fin ya estaban en un lugar que habían anhelado desde hace mucho tiempo: un libro impreso.
(Aunque en este caso eran dos).


  Y para mí, es motivo de mucho orgullo haber estado en ese momento y en el lugar que da pie a docenas de historias que ahora giran en torno de los libros Cuentos Quiméricos y Vita Espíritu de Rubén Martínez Silva, amparados por Editorial Arcángel.

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